El caso es que la música mueve masas. Unos saltan, otros bailan, otros hacen que saltan y bailan; unos gritan intentando atinar una nota y otros por el simple hecho de gritar; aquellos se agitan como posesos mientras que esos otros son más intimistas y no mueven ni una ceja. Sólo hay que ir a un concierto y se comprende el poder de la música: nos puede, nos domina. A lo mejor los políticos debieran ser músicos para tener mayor éxito. O a lo mejor los músicos debieran ser políticos.
Hombre, no es el caso. Pero Arnold Schwazeneiger es dirigente en algún estado de Norte América. Sólo es actor, pero aún así ha caído bien y conseguido ganarse el apoyo del público. A lo mejor si cantara llegaría a Presidente de los Estados Unidos. A lo mejor perdería el respeto de todos los gobiernos extranjeros, pero al menos se pasaría un buen rato con él.


